domingo, 18 de enero de 2015

VIII --> Agradecer

Siento piel fría a lado y lado de mi cuerpo. El aire caliente contrasta con una tierra húmeda y gélida. El ruido del tambor marca el compás de mi corazón a punto de salirme por la boca. No siento las piernas, creo que me voy a desmayar. Respiro. El vapor es muy caliente y los quejidos ajenos angustian el panorama aún más. Como me dé una de mis clásicas crisis de claustrofobia, no habrá forma que me saquen de acá. Entre cuerpo y cuerpo no hay espacio ni para un suspiro.

En el centro, arden grandes piedras al rojo vivo. El más mínimo movimiento para estirarme y me quemo. No puedo ver, solo escuchar, sentir. Siguen entrando piedras hirviendo al centro de nuestro pequeño círculo. El agua que agregan satura el espacio de vapor. Me preparo para lo peor. Decido acallar mi mente y sentir. Huele a hierbas. Respiro profundo y siento un hilo frío interno que me refresca todas mis células. Me conecto fácilmente con el momento y paso a paso, logro hacer lo que me indican.

Concentrada en mis traumas, en lo que quiero dejar, en lo que quiero recibir, en lo que quiero agradecer, siento cómo el calor de las piedras me invade y contrasta el frío del suelo que ya me talla a lado y lado de la raya. Me entrepierno con la de al lado izquierdo. Hago lo propio con la del derecho hasta quedar cruzada de piernas. Siento de nuevo cómo circula la sangre por mis piernas. Y me relajo.

Antes de que me diera cuenta, la sesión ha terminado. Acabo de experimentar mi primer Temazcal, un ritual terapéutico que a través de una ceremonia, nos va permitiendo tomar de la tierra lo que queremos y devolverle a su centro lo que no. La sanación es completamente liberadora. Me siento como el ave fénix resurgiendo de mis propias cenizas, saliendo de la capa que por tanto y tanto se me fue acumulando encima, volviendo a nacer.

Volvemos al frío de la montaña y aún ,solo con un vestido de baño, no siento frío. Me siento más vital que nunca. Por precaución vuelvo a la bata a cuadros que me acompaña todos los pesajes. Ya en el kiosko, nos vestimos e iniciamos la bendición de los banderines que previamente hemos tallado a punta de incienso. Toda yo huelo a hippie. El banderín debe viajar con un mensaje de amor y respeto por la madre tierra, con oraciones de integración y paz. Cuanto más, mejor. Ya hay más de 800 alrededor del mundo. El mío ha de llegar lejos, tal y como se espera que lo haga yo de ahora en adelante. Ya no siento frío, solo calor.