Cuando se eleva una cometa, si se sostiene muy fuerte la cuerda, lo más probable es que al poco tiempo la cometa se caiga; si se suelta mucho, puede que se pierda en el aire. Esta metáfora me la enseñó mi papá a mis tiernos 18 años para explicarme por qué me reprendía tan severamente con el fin de que terminara una relación con mi adorado tormento de la adolescencia. Y creo que para darme una lección de toma de decisiones porque ya era mi hora de hacerlo, dado que él ya no podía hacerlo más por mí.
Crecer es muy duro. Lo es desde pequeños y es una sensación que no abandona. Todo lo que nos parecía bueno y perfecto, va cambiando de formas tales que a veces ya ni lo reconocemos. La cometa se eleva en muchos aspectos. El ejemplo más cercano son los amigos: los hay de toda la vida, de momentos especiales, los rateros (a ratos sí lo son, a ratos no); los que sin hablarse o verse siempre estarán ahí como si el tiempo no pasara. Los que aún lejos, siempre están cerca. Los que algún día lo fueron y ya no. Todo cambia y nosotros a la par.
Parte de mis excesivas carnes está asociada, desde el lado espiritual, a todo lo que acumulo. Aparentemente no soy buena para decir en la cara lo que pienso y siento y me la paso tragándome todo. ¿Se imaginan? O soy una actriz profesional que aparenta siempre estar feliz y tranquila, llevar una vida deliciosa, mientras los problemas me carcomen como una enfermedad silenciosa. Aparentemente me carcomo con mucho de lo que pienso y siento. Así, como una cometa en pleno agosto, tranquila, serena, indiferente en el cielo. De ahí que parte del año pasado, me la hubiera pasado entre la cama, urgencias y los laboratorios, para finalmente saber que no tenía nada. Y tenía de todo.
Parte de mi terapia es sacar esos sentimientos de mí y enviarlos a la luz, ofrecérselos a Dios o al Universo. Suena fácil, pero no lo es. Identificar el más esencial de todos los sentimientos cada vez que me salgo de mis casillas, que no es poco, me lleva siempre al mismo lugar: rabia o dolor. Pero si hago bien el ejercicio, sufro de tantos egos como existen: inseguridad, impotencia, envidia, egocentrismo, juicio, incapacidad, soberbia, culpa y tantos otros martirios. A todos los quiero sacar de mí, a todos los quiero fuera de mi vida. Todos me invaden y todos me acompañan día y noche, noche y día. Ojalá se fueran cual cometa...
El trabajo al que me dedico no ayuda. El momento de mi vida en el que estoy tampoco. Pero acá estamos, intentando ser cada día la mejor versión de mi misma. Es curioso cómo la vida nos va mostrando el camino. En las capacitaciones del trabajo, termino aprendiendo de inteligencia emocional en la misma semana en la que inicio la terapia de soltar. Días después pasan cosas en mi vida que me obligan a soltar. Suelto y crezco. Al menos eso deseo.
Sostengo y suelto mi propia vida de cometa. No quiero irme del todo, tampoco caer. Es difícil encontrar la justa medida, el punto medio, el momento exacto en el que debo soltar o debo retener. Seguro fallaré en el intento. No importa, volveré a correr para hacerla volar, que es lo que importa y donde quiero que esté. El cielo es azul e inmenso, tanto como la vida misma. Y crecer, crecer no es nada fácil.

No hay comentarios:
Publicar un comentario