No es normal. Somos la única especie que tras los primeros años, seguimos consumiendo este producto, y encima, de otro mamífero. Mal es mal. Yo lo he tenido claro desde siempre, gracias a mi eterna sabiduría: desde que solté el envase natural materno, no se me ha ocurrido asomarme, siquiera ver, a ese líquido blancuzco que tan loco vuelve al mundo a diferentes horas del día y en diversas presentaciones.
Me encuentro este artículo en mis frecuentes navegaciones feisbukianas y me reafirmo: guácala fuchi. Sin embargo, uno de los principales traumas vencidos con esta dieta, desde sus inicios, es la ingesta dos veces al día de una malteada blancuzca y espumosa. De entrada, cuando llegué por primera vez a consulta y me contaron del mentado batido, dije no. Y un NO rotundo. Pero, claramente, no podía comenzar un nuevo proceso negándome a una de sus bases desde el inicio.
¿Que hice? Me compré un termo. Un lindo y colorido termo que esconda lo que no quiero ver. También, decidí modificar la dichosa malteada con algo más que me escondiera la textura y el sabor. Y es así como, ahora bebo al desayuno y la merienda, una deliciosa malteada llena de proteínas, nutrientes y aminoácidos con zumos de frutas y semillas de chía que me aporta todo lo que debo tener encima. Y la verdad es que funciona bien: alimenta, llena y te hace sentir saludable.
¿Que hice? Me compré un termo. Un lindo y colorido termo que esconda lo que no quiero ver. También, decidí modificar la dichosa malteada con algo más que me escondiera la textura y el sabor. Y es así como, ahora bebo al desayuno y la merienda, una deliciosa malteada llena de proteínas, nutrientes y aminoácidos con zumos de frutas y semillas de chía que me aporta todo lo que debo tener encima. Y la verdad es que funciona bien: alimenta, llena y te hace sentir saludable.
Mi madre intentó camuflarme la leche en gelatinas, mouse, jugos y demás recetas con pobres resultados en su infinita preocupación por mi crecimiento y mi supuesto bajo calcio. Y si así no más alcancé este tamaño, imagínense lo que hubiera sido de mi humanidad con más nutrientes. No comía helado de vainilla, y de hecho, ninguno de otro sabor si se derretía. Ni hablar de las malteadas, jugos en leche o las merengadas. Odié con el alma los miles de intentos de dieta con el tal "herbalife" y sus macabras malteadas de sabores para pasarse 35 pastillas al día. Cuando me operaron del esófago, no la logré con las tres latas de "ensure" que tenía que tomar como complemento proteínico ante mi imposibilidad de tragar durante meses.
Total, tras muchos intentos y sendos traumas, mucho renegué de la dichosa malteada y su espumosa y blanca apariencia, pero ahora es un hábito que disfruto y que mi cuerpo pide a gritos a sus justas horas. De hecho, tengo una buena mano para la mezcla de ingredientes y cada día me quedan mejor. Una prueba más en este recorrido que me permite entender que las limitaciones las tenemos por maña, por vicio o por mariconadas varias. Nuestra voluntad es el poder que nos lleva a hacer lo inimaginable y a convertir nuestros sueños en proyectos de vida, al tiempo que dejamos atrás los impedimentos que sólo están en nuestra cabeza y que hemos asentado con años y años de hábitos. Nada que no se pueda cambiar.
De mi supuesta lactofobia ya no queda mucho. Poco a poco he podido dar pequeños pasos en la tolerancia a los líquidos blanquecinos. Ya no muero de asco con solo pensar en ello. Ya he dado muchos biberones a mis sobris y soporto ver que el/la de al lado lo consuma. He hecho hasta mi propia leche de almendras. Este es un pequeño paso en mi humanidad, pero uno grande en mi universo de cambios. Y vamos a por más.

No hay comentarios:
Publicar un comentario