Esto cada día es más difícil. Cuesta despertarse antes para hacer ejercicio. Cuesta subirse a la elíptica y ver pasar los segundos lentamente. Cuesta desayunar solo un batido y arrancar el día sin un delicioso café. Cuesta cargar lonchera llena de frutas y termos: uno para la aromática, otro para el agua y el de los batidos. Siento que mi vida es de abuelita. Me siento exhausta y creo que en cualquier momento voy a claudicar.
Cuando se ha vivido de cerca una terapia de rehabilitación, se entienden mejor estos sentimientos. Si a mí me cuesta tanto seguir rutinas y no hacer pecados, puedo entender cómo las personas que tienen adicciones no logran controlar su voluntad. He dejado todo lo que me ha gustado en la vida y en lo que me he desmandado con ganas infinitas: comida, bebida, cigarros, café. Todo al tiempo.
Creería que es natural que a veces me levante como el demonio de Tasmania, otros días como perrito Giordano, otros como osito cariñosito y probablemente mi humor más frecuente se asemeje al de la bruja de Blancanieves que tanto me asustaba en la infancia.
Mi cuerpo afronta muchos cambios. Sé que son para bien pero en el entretanto me vuelvo loca. No sé si es la falta de azúcar, de grasas, de satisfacción mental o cansancio físico con tantas cosas al tiempo. Entiendo que es un proceso e intento seguir adelante. Renunciar siempre es la solución más fácil, pero -casi- nunca es la mejor. Por ahora, respiro, como me han enseñado; me enfoco, para llegar a mi objetivo y avanzo, porque ese es mi medio y mi fin.

Acabo de leerlo todo. Estoy muy feliz por todo lo que has avanzado y sé que lo seguirás haciendo.
ResponderEliminarUn abrazo inmenso honey :)